En 1998, dos jóvenes Pablo Reguera y Fernando Garmendia sólo querían hacer cumbre en el volcán Tupungato (6.570 m, Argentina/Chile). Lo lograron, en una expedición que les llevó en total 29 días. Durante el ascenso, hallaron restos de un avión, incluso partes de su motor Rolls Royce. Eran del Star Dust británico siniestrado 51 años atrás.
Por Fernando “Pollo” Garmendia

Todo el año de 1997 junto a Pablo Reguera estuvimos pensando en volver al Tupungato, después de aquel intento fallido de 1995 por el glaciar Sur. Ahí estuvimos varados casi a 5.000 m, con temporal de nieve casi una semana.

Pero Tupungato no era una montaña más. Era la montaña con mucha historia para nosotros los tandilenses. En el 95 se cumplían 10 años de la desaparición física de Guillermo Rabal, uno de los primeros montañistas de Tandil que perdió la vida junto al gran andinista argentino Guillermo Vieiro. Fue en la cara Este abriendo la vía de la canaleta Este aún no repetida. Queríamos dejar una plaquita hecha por viejos montañeros y era nuestro desafío.

El 3 de enero de 1998 estábamos en marcha. Éramos seis amigos con rumbo al Cordón del Plata. ¡Qué lindo que era! casi virgen, poca o nada de gente. Íbamos en una fiat Ducato que conducían los papas de Leo. No sabíamos manejar, nuestro modo de locomoción era la bici en esa época.

Llegamos hasta el comienzo de los caracoles, donde bajamos todo porque no subía, no había forma. Armamos el primer campamento al lado del arroyo, no nos importaba nada. Al otro día porteamos todo hasta el Ski Club, carga de los seis para 15 días, para después seguir nuestro viaje junto a Pablo al Tupungato.

Se sucedían los porteos a Piedra Grande, El Salto, y el 7 de enero estábamos instalados en el campo base, super contentos pero con dolores de cabezas intermitentes.

En el transcurso de esos días en distintos grupos subimos Vallecitos, Rincón y Plata. Estábamos muy motivados, no teníamos apuro, era nuestra forma de vida, estábamos en donde queríamos estar.

El 16 enero la grúa flete nos bajó a todos con los petates hasta el camping del ACA en Potrerillos por ¡$ 50! Armado de campamento, asado y festejos.

Ahora sí al Tupungato

El 17 en el Expreso Uspallata volvimos a Mendoza. Tras despedir al resto de la expedición, a las 20:45 viajábamos a Tupungato, a donde llegamos a las 11 de la noche.

Un taxi flet -economía total- nos dejó en una cancha de futbol donde armamos campamento. Al otro día nos fuimos al Regimiento de Montaña Las Heras para contratar mulas para nuestra aproximación al Tupungato. Nuestro contacto no estaba. En esos días de espera conocimos a un profe y nos alojamos en el polideportivo de Tupungato.

Salimos a comprar lo que nos faltaba de comida y pedimos un presupuesto a un baqueano de la zona, Don Rómulo, por fuera de nuestro presupuesto. Empezamos a pensar que se nos escapaba la posibilidad de subir la montaña.

El 21 de enero nuevamente en taxi flet fuimos al Regimiento, donde estaba nuestro contacto. Una reunión con el Mayor y todo el servicio de logística por $ 420. Volvió la motivación, las ganas de escalar la cara Este del Tupungato, por la vía de Vieiro y Rabal.

En marcha

El 22 de enero arrancamos en Unimog hasta el refugio mayor De La Plaza, a 45 km. Una aventura para los riñones. Nos recibió el guía arriero Walter, un gran amigo con el tiempo. Partimos por el valle la confluencia de los ríos Santa Clara y Las Tunas, con 2 mulas cargueras y 2 silleras. Estábamos aclimatados y subimos montados.

Antes del cruce, por un error de cálculo mío la mula me tiró a la mierda. Pablo no daba más de risa. ¡Yo asustado y la mula desbocada, con la montura por las verijas!

Tomamos el río Las Tunas y después de varios vadeos llegamos al Real de los Italianos, donde armamos campamento.

El 23 a las 8:00 pusimos rumbo a la base del Portezuelo del Fraile donde el guía nos dejaría con las cargas. Llegamos a los 4.500 m montados a las 11. Nos despedimos y más solos que nunca de nuevo en aquel lugar sin perder tiempo hicimos un porteo hasta el portezuelo a 4.700 m. Ahí estuvimos mano a mano con el gran gigante. Felices era poco decir. Dejamos cosas y volvimos al campamento. Se puso fresco, cocinamos en la carpa y a las 19 estábamos durmiendo después del largo día.

Descenso al Valle del Tupungato

Después del desayuno desarmamos la carpa, armamos las mochilas y nos movimos al Portezuelo del Fraile. Recogimos el porteo y seguimos el descenso al Valle del Tupungato. Nos metimos en la cara Este y armamos nuestro segundo campamento a 3.500 m.

Vimos bastante fea la canaleta, hielo verde, muy pelada. A dormir temprano pues estábamos bastante nerviosos. El clima estaba cambiante y no queríamos perder la oportunidad.

Teníamos un handy pero sin comunicación con nadie. Lo probamos desde el Portezuelo y no pudimos salir. Sólo una radio chiquita para sintonizar radio chilena y nada más. Nuestro arreglo era que las mulas estén el 4 de febrero en donde nos dejaron.

Vivac

Al otro día armamos la mochila con comida para 6 días, equipo de hielo y un cubretecho. La carpa la dejamos y nos movimos a la canaleta. Hielo, más hielo, seracs, penitentes. El lugar a medida que ganábamos altura no mejoraba. Muy roto el glaciar, a eso de las 15 decidimos armar un vivac en una grieta. Pusimos el sobretecho con unos tornillos de hielo y nos metimos en las bolsas. Calentador y a hidratar junto a un sumidero con agua ahí nomás.

Volcán Tupungato, de 6.570 metros, cumbre limítrofe entre Argentina y Chile.
Volcán Tupungato, de 6.570 metros, cumbre limítrofe entre Argentina y Chile.

Nos preocupaba un serac gigante que cuando lo vimos de cerca vimos que realmente ese era el problema. Estaba muy riesgoso y nosotros muy solos para jugarnos todas las fichas ahí. Entonces surgió una frase de Reguera que decía “hay más miedos en la imaginación que en las cosas que deben ser”… vaya a saber de dónde la robó el filósofo.

El 26 de enero a las 7 desarmamos el vivac  y decidimos bajar al campo 2, desarmar la carpa y remontar faldeando el glaciar Noreste del volcán y empalmar a 5.500 m la ruta normal.

Un motor Rolls Royce en las alturas

En el descenso por otro lado del glaciar, cada uno envuelto en sus pensamientos, aparece ante nosotros un motor gigante. No lo podíamos creer… ¿qué hace ese motor ahí? Decía Rolls Royce, había pedazos de hélices. Encontramos restos de cosas, pedazos de fuselaje, valijas, trajes, paracaídas. Más descendíamos y más partes de avión desperdigados por el glaciar encontrábamos.

No nos detuvimos mucho a evaluar el tema del avión. Lo único que nos importaba era la cumbre del Tupungato. Llegamos a la carpa al mediodía secamos las botas, almorzamos, volvimos a armar las mochilas y empezamos el ascenso a la ruta normal.

El periodista Nicolás García participó de los rescates en 2000 en Tupungato. Aquí, junto a la rueda del Lancastrian intacta y con presión de aire. (Ph: Ricardo Funes)
El periodista Nicolás García participó de los rescates en 2000 en Tupungato. Aquí, junto a la rueda del Lancastrian intacta y con presión de aire. (Ph: Ricardo Funes)
Motivados

Ahora que releo la libretita de viaje, no puedo creer lo motivados que estábamos. En dirección al Aconcagua movimos valle abajo como 2 burros de cargas desbocados. Nos guiamos por el glaciar Noreste y avanzamos muy rápido. A eso de las 17 armamos campamento 3, acondicionamos un precario lugar y ahí quedo la carpa. Calculamos estar a 4.500 m.

Seguía nublado y ventoso. Frente a la pared Norte la carpa recibía fuertes ráfagas. Nuestra North Face VE 25 -obvio que usada- se la bancaba. Escuchábamos radio tratando de recuperarnos de la larga jornada, pero una vez adentro, se cierra el cierre y ya es otra cosa. Planificamos la estrategia, como siempre tirar para arriba todo lo que dé y montar campamentos.

El 27 de enero a las 9:30 ya caminábamos con nuestro amigo el viento. Seguimos ascendiendo sin encontrar ningún rastro y menos de humanos. Cruzamos nieve, penitentes, acarreos sueltos. A las 12 descanso y picada. Un rato más de caminata y apareció el filo Norte. ¡Ahora sí estamos en la ruta!

Mula muerta

El viento del Oeste pega en el cerro y nos da un respiro, sólo escuchamos el ruido. Cambió el paisaje y la vista es inolvidable. Los Andes en toda su plenitud. Volvimos a sentirnos muy solos, seguimos pateando hasta las 16, armamos como pudimos la carpa en un lugar que encontró Pablo algo reparado. Adentro se nos doblaban las varillas, había que aguantar. Derretimos nieve y como podíamos no descuidamos nuestra tarea: hidratar y comer algo que parezca rico. Calculamos estar en los 5.000 m.

Analizamos un poco la ruta y vemos cuál es el valle de ascenso en dirección al hito, un lugar característico de la ruta normal. Está totalmente cubierto de penitentes. Seguimos pensando en lo que nos dijeron en el ejército sobre unos alemanes y franceses, pero ni noticias ni huellas.

Cocinamos dentro de la carpa a las 19. Volvió el optimismo. La idea era tirar un campamento más arriba, en un lugar llamado Mula Muerta. Nos dormimos a pesar de las ráfagas y el frío.

El 28 enero a las 8, con -10ºc dentro de la carpa y el viento que no aflojaba, derretimos nieve y tomamos algo caliente. A las 10 movimos y haciéndole frente al viento helado seguimos avanzando. A las 14 nos encontramos con el esqueleto de la mula y armamos el campamento 5 a 6.000 m. Mañana es el gran día.

Lágrimas en la cumbre

El 29 de enero a las 7, dentro de la capa hacen -17º. Está todo escarchado. Esperamos un poco el sol, y a las 9:40 bajó algo el viento, salimos de la carpa con la mochila armada y empezamos a subir a buen ritmo.

Nos topamos con un paredón y una canaleta. Debatimos y sin pensar mucho por ahí le dimos. Estábamos cansados, las manos frías. Recuperamos un poco y se abrió ante nosotros la cumbre Norte. Últimos pasos, último aliento y esfuerzo.

Llegamos a la cumbre a las 14. Nos abrazamos y lloramos como chicos. Dejamos nuestra placa que la paseábamos desde el ‘95, nos acomodamos y entre nubes bajamos hacia el campamento.

A las 16 ya estábamos adentro de la carpa derritiendo nieve. Rotos pero el pecho explotado de alegría. Nos sentíamos increíblemente fuertes pero totalmente liquidados, con un dolor de cabeza terrible.

Se fueren sucediendo las sopitas y los Maruchan. Pablo dijo “una cumbre más alta que el Everest”. Con el tiempo lo entendimos, y de ahí no paramos más con nuestras aventuras. Habíamos probado el gustito del minimalismo, o mejor dicho no tener un mango nos ponía siempre al límite.

Descenso ultra veloz

El 30 enero Pablo decidió cortar camino y a eso de las 9:30 estábamos bajando por quién sabe dónde. Estaba muy cansado, solamente caminaba y no preguntaba. Cruzamos nieves, penitentes. Caí, me levanté, me puse y saqué los crampones como un robot. Pero seguimos bajando y a las 17 llegamos al Portezuelo del Fraile, a 3.000 m.

Armamos la carpa y cuando buscamos nuestro depósito vimos que por ahí pasaba un arroyito. Estaba todo empapado. Bueno, todo era aprendizaje. Cenamos el último salamín, un pedazo de queso y Pablo improvisó un arroz salteado con un pedazo de cebolla. Sintonizamos una radio de Tunuyán y nos sentimos más animados por la compañía.

El 31 de enero subimos al portezuelo con crampones por una lengua de nieve dura que va casi hasta el filo. Queríamos comunicarnos con el RIM11 y que suban las mulas, porque desde la cumbre no pudimos salir. Para variar, no pudimos comunicarnos. Seguimos bajando para el lado del valle y a las 18 armamos la carpa donde nos dejaron las mulas. Cocinamos lo poco que quedaba. Sigue el frío pero ya hay olor a verde.

La salida

El 1 de febrero fue el primer día de “dedicación al huevo” desde que empezamos la expedición. Fuimos armando los bolsones, pero ni noticias de las mulas. Pablo cocinó un pesto con tallarines que los repito hasta el día de hoy…  y ya no queda nada para comer. A eso de las 18, ya preocupados pensando en pasar otra noche, escuchamos el silbido característico de los arrieros subiendo con las mulas.

Saltábamos como locos de contentos. Ellos habían escuchado siempre nuestras llamadas de la cumbre y del portezuelo. Comenzamos a bajar, paramos en el Real de los Italianos. Fuego, agua cristalina, no podíamos creerlo. Walter hirvió un pollo y cuando su soldado acompañante iba a tirar el agua le dijimos “no, no, faltaba más” y nos tomamos ese exquisito caldo de gallina.

Al otro día seguimos el descenso a lomo de mula hasta el refugio Coronel De la Plaza y en Unimog hasta Tupungato, donde llegamos ese el 4 febrero de 1998.

(Las fotos que ilustran el artículo no corresponden a la expedición relatada, sino a la primera invernal al Tupungato de 2007, integrada por Fernando Garmendia, Diego De Angelis, Darío Braccali, Guillermo Glass y Rolando Linzing. Excepto la indicada, de Ricardo Funes)

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