El Azufre se sitúa en el extremo más occidental de Mendoza, en el corazón mismo de la cordillera principal. Allí, donde la nieve domina el paisaje más de medio año, tres jóvenes emprendedores proyectan una estación de ski sustentable y moderna. Y sueñan con un inédito desarrollo turístico regional.

El Azufre está proyectado en un sitio con inmejorable cantidad y calidad de nieve.
El Azufre está proyectado en un sitio con inmejorable cantidad y calidad de nieve.

El Azufre

Ya los 380 kilómetros que separan Mendoza de Malargüe se recorren cómodos y seguros a lo largo del impecable asfalto de ese nuevo tramo de la célebre ruta 40. Hacia el Sur franco, los 66 kilómetros siguientes hasta Bardas Blancas no son menos confortables.

Con rumbo Oeste, 35 kilómetros más por la provincial 145, y cuando el paisaje adquiere definitivamente fisonomía patagónica, aparece Las Loicas, un pequeño pueblito camino al paso Pehuenche. Las Loicas será cabecera de la futura mega represa Portezuelo del Viento. Allí invita al descanso la calidez del parador de los amables Débora y Gabriel.

Hacia el Noroeste, comienza el ripio en razonable buen estado de la ruta internacional 226 que al cabo de algo más de 100 kilómetros deriva en el recóndito paso Vergara que conecta con Curicó, en la República de Chile.

En El Azufre habrá sectores de dificultad baja e intermedia, y sectores para practicar ski fuera de pista.
En El Azufre habrá sectores de dificultad baja e intermedia, y sectores para practicar ski fuera de pista.

Jalonado por vertientes naturales que afloran de las montañas, cruzado por valles uno más hermoso que otro, coloreado por verdes vegas y blancas arenas volcánicas, volado por enormes cóndores y jotes, la ruta serpentea y asciende siempre custodiada por el caudaloso río Grande primero, y el Valenzuela luego.

Imposible no suponer la perfección del Universo en semejante entorno.

El entorno

A unos minutos de la frontera y a 2.400 metros de altura, nos espera José Béccar Varela, un porteño de familia patricia, guía de montaña e instructor de heliski, cuya razón de vida consiste en deslizarse en nieve sobre tablas.

José Béccar Varela, uno de los socios de El Azufre, señala el lugar exacto donde se instalará la base de la estación de ski.
José Béccar Varela, uno de los socios de El Azufre, señala el lugar exacto donde se instalará la base de la estación de ski.

José es socio del proyecto, conserje y morador de tres glamorosos domos que hieren con su naranja furioso el agreste escenario de la alta montaña, dominado por los tonos pastel del fin del invierno.

Hacia el Noroeste de los domos se erigen imponentes los binacionales cerros Peteroa y Planchón que, unidos, conforman un complejo volcánico de cuyos cráteres emana permanente vapor. Y cada algunas décadas algo más que eso.

El Azufre se llama todo ese misterioso sector, remoto e intrigante. Al pie del Peteroa, aún se conservan semiderruidos los baños termales que dan nombre a la zona, hoy abandonados y con antiguas construcciones que revelan un pasado turístico de envergadura. Un detalle: las piletas conservan sulfurosa y sanadora agua caliente. El inevitable chapuzón restaurador tiene como telón de fondo el gigantesco glaciar del Peteroa. Surrealista.

El edén

El Azufre se llama también el proyecto de estación de ski que José junto con Daniel Nofal y Alejandro Spinello pretenden erigir en un par de indescriptibles valles que se internan desde la ruta hacia el corazón mismo de la cordillera del límite.

Es noviembre y las laderas conservan aún el blanco del invierno reciente mientras los valles y vegas recuperan el verde luego del letargo. Una síntesis del lugar y del momento, principal argumento para entender por qué estos 3 jóvenes soñadores decidieron, allí y ahora, su emprendimiento.

José explica pacientemente -con acento sanisidrense y cierta dureza montañesa-, que el lugar elegido no podía ser mejor. Las tormentas que traen la nieve a los Andes centrales tienen su origen miles de kilómetros al Oeste, sobre el océano Pacífico. Al llegar esos núcleos al continente, los primeros obstáculos que encuentran son los altos picos de la cordillera. Y de esos, Peteroa y Planchón son los más occidentales, casi en la misma longitud que Santiago de Chile.

Pues a sus pies es donde esas tormentas dejan caer sus primeras y más fuertes nevadas. Y a medida que el meteoro avanza hacia el llano, va perdiendo fuerza y humedad. No hay mejor sitio que ese, y así se comprueba a simple vista, con las laderas Sur aún cargadas de nieve ya bien avanzada la primavera.

La calidad y cantidad de nieve, aún en un mal invierno como el de 2019, son inmejorables. Las laderas estudiadas ofrecerán pistas de mediana y baja dificultad, y sectores fuera de pista para los más avanzados. Las condiciones básicas están.

El proyecto

El Azufre no se trata sólo de una estación de ski. Se trata de poblar, de desarrollar la zona. La idea de los mentores es convocar a la gente a vivir en el lugar, para disfrutar de la nieve, el ski y sus implicancias. O al menos establecer algún tipo de vivienda temporaria. Por eso piensan, además de hoteles, en lotear sectores determinados para así también poder reinvertir y avanzar con el master plan.

La sustentabilidad y el respeto por el ambiente han sido establecidos como premisas. Y no por sumarse a una moda mediática sino por esencia misma. Uno de los socios es empresario del sector de energías renovables. Pero, además, no conciben -ya no se concibe-, ejecutar un proyecto turístico que evada las obligaciones que el ambiente reclama.

Se respetarán las vegas y sectores verdes. Se planificó una forestación para protección que al fin del proyecto implicará 1 millón de árboles. En eso trabajan junto a un experto malargüino en la temática.

La “intervención” sobre la montaña en cuanto a medios de elevación e infraestructura, será ínfima, según establece el programa aprobado.

La energía, limpia. Los residuos, tratados. La fauna, protegida.

El derrame

La llegada de El Azufre traerá a la zona un desarrollo adicional que de otra forma sólo sería una quimera.

Más tarde o más temprano el camino será mejor. El cruce a Chile por Vergara puede convertirse en el paso turístico por excelencia, en el paso de la aventura. En el país vecino hay alto entusiasmo por el proyecto. Creen que dinamizará las riquezas turísticas que poseen: laguna Teno, viñedos, termas, ciudades.

Un circuito que conecte Valle Hermoso con Valle Noble, y de allí hacia El Azufre y Chile o hacia Malargüe, requeriría de una relativamente baja inversión en reconstrucción o apertura de caminos. Y abriría una posibilidad turística de inmenso valor.

Las olvidadas termas al pie del Peteroa pueden resucitar y retomar su atractivo natural incomparable.

La llegada del centro de ski también requerirá servicios adicionales a lo largo del camino e inmediaciones. Paradores, proveedurías, centros de informes, transfers. Más alguna oferta turística adicional como parques recreativos de nieve, cabalgatas, trekking, pesca.

Es cuestión de soñar.

Ya otros medios y otros espacios periodísticos darán cuenta de las quijotescas dificultades económicas, financieras, administrativas y logísticas que deben sortear los responsables del proyecto de tal magnitud como El Azufre, para llegar a concretarlo.

Nosotros entendemos que se trata de una bocanada de aire fresco en el gris presente de este rincón del planeta. Un proyecto sustentable, posible y dinamizador. Pensado y diseñado para sumarse amablemente al ambiente y desarrollar allí actividades recreativas cuidadas y seguras.

No es tan sólo una nueva estación de ski. Ni se trata apenas de un desarrollo regional. Tampoco simplemente de una alta inversión empresarial.

Se trata de un sueño y del camino para cumplirlo.

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