“Viaje… El hombre es libre cuando hace lo que le gusta”. Hace un tiempo escuché esa frase y creo que no podría representar lo que sentimos de mejor manera. Decidimos viajar…

Viaje como forma de vida. Alberto, Delfina y Pedro recorriendo América.
Viaje como forma de vida. Alberto, Delfina y Pedro recorriendo América.

…No por el viaje en sí. Los lugares, el recorrido y los sellos en el pasaporte pasan a segundo plano. Las motivaciones son muchas y muy variadas, pero principalmente pasan por tener tiempo para las cosas que nos gustan, que nos llenan. Tiempo en familia, deporte, aire libre. Aunque suene trillado, conocer otras personas y culturas es lo más nutritivo del recorrido. Mover algunas estructuras internas que nos obliguen a abrir la mente, conocer y entender otras realidades, aprender cosas nuevas e ir entendiendo qué es importante y qué no en nuestras vidas.

Al acercarnos a los 30 años caímos en la cuenta de que habíamos alcanzado todo lo que “socialmente” se espera. Nos iba bien y éramos felices. Pero esta realidad no nos llenaba por completo. La llegada de nuestro hijo fue lo que precipitó todo y ayudó a que entendiéramos que ese no era nuestro camino.

De a poco la idea se fue gestando. Decidimos patear el tablero de nuestras cómodas vidas y cambiar. Fue, sin dudas, la parte de este proyecto que más nos costó. Vencer los miedos de hacer algo distinto y dejar atrás cosas hasta ese momento muy importantes.

Todo esto: viajar, recorrer lugares, caminar, remar, subir y bajar montañas, llegar a pueblitos perdidos, vivir en un camper y llenar de líneas el mapa no es la gran aventura como muchos dicen. La gran aventura, el paso más importante y difícil, está en la decisión de cambiar, de salir, de arrancar. Romper algunas estructuras y animarse. Plantearse algunos ¿por qué nosotros no? Moverse sin tener todas las respuestas. Esta sin dudas fue para nosotros la gran aventura. A partir de ahí, no hay muchos secretos.

Viaje como forma de vida

Somos Alberto, Delfina y Pedro, que hoy tiene 4 años. Partimos de Argentina en avión con destino a Florida, EE. UU. Ahí estuvimos dos meses que pasaron rápidamente entre la compra y preparación de la camioneta, camper y equipo necesario para el viaje.

Cuando estuvimos casi listos partimos hacia el Norte con rumbo a Alaska. Unos meses y miles de kilómetros después llegamos hasta el círculo polar Ártico. Simbólicamente ese punto fue nuestro retorno, a partir de allí sería todo rumbo Sur hasta Argentina.

Normalmente no vamos a grandes ciudades, nos inclinamos más por lugares pequeños donde lo natural sea protagonista. Montaña y agua. Trekking y kayak. Nuestros preferidos.

Kayak en el río Yukón

Mucho antes de empezar, cuando el viaje era apenas un bosquejo, había algo claro: remar en el mítico río Yukón era un imperdible.

Acampamos sobre ese impresionante río en un bosquecito junto a la desembocadura de un arroyo. Un lugar hermoso y con varias señas de los habitantes del lugar: los osos. Bolas de pelos y algunos árboles arañados, más plantas con sus frutos preferidos eran señales de que había que tomar precauciones para evitar un encuentro inesperado. Hicimos fuego, comimos y estuvimos afuera hasta muy tarde. En época estival en esas latitudes no se hace nunca de noche. Nos fuimos a dormir con una leve claridad que duró hasta el otro día.

Después de un par de días allí, decidí intentar una travesía de un día por el Yukón. Nos movimos por tierra 50 km río arriba hasta la cuidad de Carmacks. Desde ahí salí solo en kayak río abajo y la familia volvió por tierra hasta nuestro hogar de los últimos días.

El Yukón baja rápido, el GPS marcaba 9 km/h sin remar y mi querido kayak “el Cimarrón” navegaba cómodo y ligero. Esta zona no es de las más inhóspitas de ese territorio, pero apenas unos kilómetros de alejarme de la ciudad, empezó un paisaje soñado. El mítico río serpenteando entre bosques y montañas y mucho… mucho silencio. Como único elemento ajeno al lugar, algunas pequeñas cabañas sobre la costa y campamentos de cazadores y pescadores que aprovechan el verano para proveerse para el resto del año. Los kilómetros se pasaban rápidamente entre los paisajes que no dejaban de sorprenderme y una rara mezcla de emoción y adrenalina de estar llevando a cabo uno de los pequeños lujos del viaje.

Un par de kilómetros antes de llegar al campamento hay cinco grandes rocas o islas dispuestas sobre el río después de una curva y que forman los famosos rápidos Five-Fingers. Al margen derecho una barranca de unos 600 metros cierra un marco espectacular. El cruce de estos rápidos me había tenido algo preocupado durante todo el trayecto. Había decidido de antemano y después de verlos desde tierra por dónde cruzarlos, pero, como suele pasar, en el momento cambié de opción y tanto yo como el Cimarrón cruzamos sin problemas.

Uno o dos kilómetros aguas abajo de los Five-Fingers, me esperaban Defina y Pedrito a orillas del río y con unos mates listos.

Recorrer ese pequeño tramo fue increíble, de esas cosas que uno nunca cree que puedan pasar. Quedará para otra ocasión una recorrida más larga.

Al continuar nuestro viaje estuvimos nuevamente a orillas del río Yukón en Alaska y cerca del círculo polar Ártico, pero esta vez solo lo contemplamos desde la costa.

California, kayak y ballenas

California tiene fama de ser uno de los estados más complicados para los viajeros de bajo presupuesto como nosotros. Conseguir lugares gratuitos donde estacionarse y dormir no suele ser fácil. Por eso, al llegar a Pismo Beach casi de casualidad y encontrar, sin violar ninguna ley, un lugar para estacionar en la playa, no la dudamos y tiramos el ancla en ese lugar. Gratis, legal y en la playa de California no es algo que pase todos los días.

La ciudad nos gustó desde el primer momento. Tranquila, poco turismo, mucho surf y deporte en la playa.

Como decía, mucho surf. El agua se llenaba de tablas a partir de las 7 de la mañana. Los primeros días ahí, ni pensamos en bajar el kayak. Pero veníamos de los desiertos de Utah y Arizona y de pasar bastante frío en el Norte de EE. UU. y sur de Canadá. Es decir que teníamos una abstinencia de kayak importante. A pesar de los surfers que nos miraban raro y de la rompiente, que estaba alta, bajamos el kayak y me metí al agua.

Después de cruzar las olas de la rompiente y las tablas, el mar estaba muy tranquilo. Remé mar adentro unos kilómetros sin una dirección definida. Era una remada distendida y sin ningún propósito de llegar a ningún lado.

En eso, empiezo a escuchar dos sonidos muy particulares, uno como un gran golpe y otro como una erupción de aire y agua. Oriento el Cimarrón hacia los sonidos, levanto la vista y la atención. Sigo remando y al cabo de un par de minutos asomó la mitad de su cuerpo una hermosa ballena. La emoción y las sensaciones fueron indescriptibles. Me propuse acercarme y acompañarla. Por sentido común intenté siempre y en todo momento respetar su actividad y espacio. La ballena se estaba alimentando. Se sumergía y a los segundos daba grandes saltos sobre la superficie tragando cientos de peces. Al rato se sumó otra ballena al espectáculo y más tarde otra con un ballenato. ¡Cuatro ballenas, comiendo y saltando frente a mi kayak! Alrededor de las ballenas se sumaron otros personajes del mar buscando los restos. Lobos de mar, pelícanos y gaviotas completaron el espectáculo.

Dos horas en ese trance inesperado se pasaron volando y decidí volver a la playa. Terminando la mejor jornada sobre un kayak de toda mi vida.

Ya en tierra y conversando con personas del lugar, me comentaban que se trata de una especie de ballena llamada Humpback (o jorobada) y que es normal avistarlas en esa época. Algo que no teníamos ni idea al llegar al lugar.

Los días siguientes seguimos saliendo a remar, y tal como el primer día, nos acompañó la suerte y pudimos seguir viendo a las ballenas.

Esta experiencia con las ballenas, como si no fuera mucho ya, nos abrió las puertas a una de las cosas más lindas que nos pasaron en EE. UU.

Una tarde, Delfina salió a remar y a encontrarse con nuestras nuevas amigas. Al volver un señor se puso a conversar con nosotros, contándonos que ese día había muchas ballenas cerca y preguntando si las habíamos podido ver desde el kayak. Unos minutos después de conversar, nos preguntó dónde íbamos a pasar, al día siguiente, el “día de acción de gracias”. Como esa costumbre no es parte de nuestra cultura, le dijimos que ahí donde estábamos, en el camper. La respuesta inmediata fue “vengan a mi casa a pasarlo con mi familia”.

Al otro día estábamos en familia. Juegos de mesa y de jardín, el típico pavo, vinos californianos y mucha, mucha calidez. Terminada la cena y sobremesa, toda la familia, incluidos nosotros, nos quedamos a dormir en la casa. Al otro día compartimos desayuno y regresamos a la playa. Sin dudas fue uno de los mejores recuerdos que guardamos de nuestro viaje. De esas cosas que no se pueden planear.

Utah y Banff

Muchas veces nos preguntan cuál fue el lugar o los lugares que más nos gustaron. Es una pregunta muy difícil o imposible de contestar. Porque aparte del encanto natural que pueda tener un lugar o ciudad, siempre hay un condimento que cambia a un lugar y generalmente para mejor: son las personas. Por lo que a veces, nuestros mejores recuerdos de los lugares tienen más que ver con la gente que conocimos que con los atractivos naturales. Cuando la combinación de un lugar se da en los dos aspectos, normalmente se trata de un sitio del cual no nos queremos ir.

Ahora bien, cuando pensamos en atractivos naturales y los senderos que más nos gustaron, los recuerdos nos llevan a Utah, en EE. UU. y a Banff en Canadá.

Utah y Arizona fueron nuestros lugares preferidos de EE. UU. Entre estos dos estados visitamos las zonas protegidas de Arches, Canyonland, Natural Bridge, Bryce, Grand Staircase-Escalante, Zion y Grand Canyon. Tampoco podríamos elegir uno. Si bien toda esta zona tiene un paisaje bastante similar, cada uno de estos lugares tiene lo suyo, distinto al otro. Al principio pensamos que nos íbamos a aburrir, que sería todo más o menos lo mismo. Absolutamente equivocados.

Sin dudas el parque nacional Bryce y sus famosos hoodoos tienen un paisaje con una identidad única. Los senderos recorren las chimeneas naturales talladas por viento y el agua. Son senderos físicamente amigables, no muy duros. Bajan, se meten entre los hoodoos, suben para ver todo con otra perspectiva. Vuelven a bajar para pasar por medio de pequeños cañones y ríos donde se ve un poco de verde.

En el parque nacional Canyonland hicimos uno de los senderos que más nos gustaron de la zona. El Syncline trail, que se mete dentro del cañón de Taylor. Al ser uno de los senderos más alejados del parque, es bastante solitario. Caminamos prácticamente solos por un escenario increíble, llegando hasta el rio que forma el cañón. Se recorren unos kilómetros por el cañón antes de volver a subir. Justo antes de tomar altura nuevamente, hay un lugar donde se puede acampar. Nosotros no lo hicimos, pero el lugar incitaba a quedarse.

Otro clásico e imperdible para cualquiera que le guste caminar es el sendero Brigth Angel en el parque nacional Grand Canyon. Este sendero baja hasta la orilla del río Colorado. Es uno de los senderos de mayor dificultad del parque y por esto dan muchas recomendaciones y advertencias antes de tomarlo. El calor y la falta de agua pueden llegar a jugar una mala pasada. Además, a diferencia de la mayoría de los trekking, se empieza bajando hasta la orilla del río y la subida tan exigente es el final. Es entendible que los guardaparques pongan tanto énfasis en no hacerlo en un solo día o hacerlo habiendo evaluado bien la situación.

El sendero tiene 25 km y unos 1400 metros de desnivel. No tiene un solo metro que no valga la pena el esfuerzo. Bajando se contempla toda la magnitud del gran cañón, realmente es impresionante. Bajando o subiendo se cruzan a los guardaparques y baqueanos en mulas o caballos que abastecen los puestos y campamentos más alejados del parque. A orillas del río hay un campamento donde se puede hacer noche, pero hay que pedir permiso muchos meses antes. Por lo que fue imposible hacerlo. Digamos que no tenemos planes de viajes tan estrictos y ajustados como para gestionar el permiso con tanta anticipación…

Acá nos pasó también que nos equivocamos de antemano. Pensamos que al ser uno de los parques nacionales más visitados de EE. UU. iba a ser demasiado turístico, mucha gente por todos lados, etc. Es verdad, sí, lo visita mucha gente. Pero en los senderos se puede caminar tranquilo y los paisajes valen la pena. Hay lugar para todos y para todos los gustos de actividades.

Banff: montaña

Es sabido que Banff es una de las mecas mundiales de actividades de montaña. La oferta de senderos que tiene el parque es sumamente extensa y muy atractiva.

Nosotros hicimos foco en la zona de lago Louise, más que nada porque encontramos un lugar muy cómodo (y gratuito) para estacionar y dormir a solo 900 metros del lago y del inicio de muchos trails.

Acá también, algo parecido a los del Grand Canyon, las inmediaciones del lago están atestadas de gente. Hay un hotel cinco estrellas que desentona totalmente con el lugar. Lo bueno es que apenas recorrer un par de kilómetros de cualquier sendero, el ambiente cambia y se puede sentir la montaña y la naturaleza. La montaña debe ser solitaria.

En esta zona tomamos varios senderos espectaculares. Unos llegaban hasta lagos soñados, glaciares, alturas con vistas descomunales, cruzaban bosques y hasta un sendero que en una bifurcación tenía una indicación que recomendaba recorrerlo en grupos de más de 4 personas porque había mucha presencia de osos en esa zona.

La vida es viaje

Hoy, después de dos años de empezar, llevamos recorrimos 40.000 Km. entre EE. UU., Canadá, Alaska, México, Belice, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y Colombia, donde nos encontramos actualmente. Hoy vamos más lento, preferimos ir a menos lugares y estar más tiempo en los que visitamos.

Nuestro viaje continúa más al Sur, paisajes, culturas y experiencias diferentes. Seguimos disfrutando tanto como el primer día. Obviamente nuestro viaje y forma de transitar cambió. Nosotros cambiamos.

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